Texto elaborado a partir de la Declaración
preparada en Tubinga y presentado en Chicago por un comité de redacción del
Consejo del Parlamento de las Religiones del Mundo el 4 de septiembre de 1993.
El mundo agoniza. Agonía tan penetrante y opresiva
que nos sentimos movidos a señalar las formas en que se muestra para poner de
manifiesto lo hondo de nuestra zozobra.
La paz nos da la espalda. El planeta está siendo
destruido. Los vecinos viven en temor mutuo. Hombres y mujeres se distancian
entre sí. Los niños mueren.
Todo ello es terrible.
Condenamos el mal uso de los ecosistemas de nuestra
Tierra.
Condenamos la miseria, que estrangula las
posibilidades de vida; el hambre, que debilita los cuerpos de los seres
humanos; las desigualdades económicas, que a tantas familias amenazan con la
ruina.
Condenamos el desorden social de las naciones; el
desprecio de la justicia, que empuja a los ciudadanos hacia la marginación; la
anarquía, que gana posiciones en nuestras comunidades; y la absurda muerte de
niños mediante la violencia. Condenamos especialmente la agresión y el odio en
nombre de la religión.
Esta agonía debe cesar.
Debe cesar, porque ya existe la base ética. Tal
ética brinda la posibilidad de un mejor orden individual y global que aleje a
los hombres de la desesperación y a las sociedades del caos.
Somos mujeres y hombres que siguen los preceptos y
las prácticas de las religiones del mundo.
Afirmamos que las enseñanzas de las religiones
contienen un patrimonio común de valores radicales que constituyen la base de
una ética mundial.
Afirmamos que esta verdad ya es conocida, pero aún
no se vive como debiera de corazón y de obra.
Afirmamos que hay una norma irrevocable,
imprescindible en todos los ámbitos de la vida, válida para las familias y las
comunidades, para las razas, naciones y religiones. Ya hay criterios
ancestrales del comportamiento humano que pueden hallarse en las enseñanzas de
las religiones del mundo y que son la condición de un orden mundial duradero.
Declaramos:
Que todos somos interdependientes. Cada uno de
nosotros depende de la salud del conjunto. Por ello respetamos la colectividad
de los seres vivientes, hombres, animales y plantas, y nos sentimos preocupados
por la conservación de la tierra, del aire, del agua, del suelo.
Que como individuos somos responsables de todo lo
que realizamos. Todas nuestras decisiones, actuaciones y negligencias tienen
sus consecuencias.
Que debemos tratar a los demás como queremos que
nos traten a nosotros. Nos comprometemos a respetar la vida y la dignidad
humana, la individualidad y la diferencia, de suerte que toda persona sin
excepción reciba un trato humano. Hemos de ejercitarnos en la paciencia y en la
aceptación. Hemos de ser capaces de perdonar, aprendiendo del pasado, pero sin
ceder jamás a la memoria del odio. Al abrir nuestro corazón a los demás debemos
enterrar nuestras mezquinas querellas en aras de la comunidad mundial de manera
que llevemos a la práctica una cultura de la solidaridad y de la vinculación
mutuas.
Consideramos a la Humanidad nuestra familia. Hemos
de esforzarnos en ser amables y generosos. No debemos vivir solamente para
nosotros mismos sino que, por el contrario, hemos de servir a los demás y no
olvidar jamás a los niños, a los ancianos, a los pobres, a los discapacitados,
a los exiliados y a quienes se encuentran solos. Nadie de ser jamás considerado
o tratado como ciudadano de segunda clase. Nadie debe ser sometido a
explotación, de la clase que sea. Entre hombre y mujer debe existir un compañerismo
basado en la igualdad. No podemos incurrir en ningún tipo de comportamiento
sexual inmoral. Debemos dejar atrás cualquier forma de dominio o de abuso.
Nos declaramos comprometidos con la cultura de la
no-violencia, del respeto, de la justicia y la paz. Jamás oprimiremos a otro
hombre, no le causaremos daño, ni le torturaremos, ni desde luego le causaremos
la muerte, y renunciaremos a la violencia como medio de resolver las
diferencias.
Nos esforzaremos por conseguir un orden social y
económico justo en el que cada cual reciba las mismas oportunidades para
desarrollar plenamente sus cualidades humanas. Hemos de expresarnos con
fidelidad a la verdad y actuar en consecuencia comprendiendo a los demás,
evitando dejarnos arrastrar por los prejuicios u odios. No debemos robar, Hemos
de superar cualquier inclinación a buscar ávidamente el poder y el dominio, el
prestigio, el dinero y el consumo, en aras a formar un mundo justo y pacifico.
La tierra no puede cambiar a mejor si antes no
cambia la mentalidad de los individuos. Nos comprometemos a dilatar nuestra
capacidad de percepción sometiendo a disciplina nuestro espíritu mediante la
meditación, la plegaria o la reflexión positiva. Sin riesgo y sin disposición
al sacrificio no puede producirse un cambio fundamental en nuestra situación.
Por eso nos comprometemos con esta ética mundial, con una mutua comprensión y
con aquellas formas de vida que conlleven un concierto social, la consolidación
de la paz y el respeto a la naturaleza.
Invitamos a todos, creyentes o no, a hacer lo
mismo.
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