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domingo, 30 de abril de 2017

Emaus



Íbamos de camino. Tristes, derrotados. La memoria alternaba entre la nostalgia y la tristeza. Pensábamos en los días radiantes, en los años pasados en los caminos con Jesús, en sus palabras, ahora muertas… y sacudíamos la cabeza, apenados. Se nos ponía un nudo en la garganta y teníamos que guardar silencio durante un rato. Ya nada. Entonces se nos juntó un compañero de camino, más alegre, más esperanzado, y dijo que no sabía nada de todo aquello. Le miramos sorprendidos: “¿eres tú el único que no se ha enterado?” Y él se rio, y dijo: “quizás sois vosotros los que no termináis de enteraros”. Y nos contó nuestra historia. Donde veíamos nostalgia, él veía esperanza. Donde veíamos conflicto, él veía profecía. Donde veíamos derrota, él veía amor. Y donde veíamos rendición, él cantaba victoria. No le dejamos seguir de largo, al llegar a casa. Le invitamos a cenar y pasar la noche con nosotros. Lo hacíamos por él, pero también por nosotros, que sentíamos algo así como una chispa de ilusión nueva. Entonces, al empezar a comer, partió el pan. Como en la cena de Jerusalén. Y nos lo dio con idéntica ternura. Y nos dimos cuenta de que era verdad. Ardía el corazón, y le vimos. Era distinto, pero era él mismo. Y después, ya no estaba. Pero seguía, con nosotros, para siempre.

(Rezandovoy)

domingo, 17 de junio de 2012

Sobre la oración de petición


En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch hay un diálogo con un niño sobre la oración de petición que es estupendo. Como casi siempre, las mejores respuestas son las más sencillas, es decir, las de los niños:

- ¿Rezas a Dios? - pregunta Bloch.
- Sí, cada noche - contesta el pequeño.
- ¿Y que le pides?
- Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

¡¡¡Pequeño-gran cambio de actitud!!!

"Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has dado a conocer a estos, los pequeños" (Mt 11, 25)

miércoles, 3 de agosto de 2011

La parábola



Un hombre muy rico, atacado por una grave dolencia y advertido por los médicos, convocó a sus hijos y nietos para comunicarles la herencia que les iba a dejar. Se presentaron todos, ansiosos, en el hospital. Y formaron un gran corro alrededor del lecho.

Dada la orden, el abogado del enfermó abrió un maletín y distribuyó a los herederos cajas de fósforos, una para cada uno. Decepcionados, se miraron de reojo y al abrir la cajita encontraron unas pequeñas semillas. El hombre, tomando en sus manos una de las cajas, explicó: "Esta semilla es la del amor; ésta, de la solidaridad; esta otra, de la compasión; ésta, de la amistad; y aquélla, del perdón. Si ustedes saben cultivarlas van a ser felices". Y añadió: "La fortuna que acumulé será destinada a obras sociales".