Durante toda semana hemos celebrado la Octava de Pascua: alegre recuerdo litúrgico del día en que el Señor Jesús resucitó. Y hoy es, especialmente, tiempo de alegría, de paz, de renovación. Jesús ha resucitado y nos ha salvado. Y sobre todo emerge el testimonio impresionante del Apóstol Tomás que tras dudar, cae derrumbado sobre la evidencia gloriosa del Resucitado. “¡Señor Mío y Dios Mío!”, la frase de Tomás se ha convertido en la jaculatoria más repetida por los fieles en toda la historia de la Iglesia.
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