Busqué toda mi vida el rostro de mi Padre. Lo encontré dibujado en la sonrisa de los niños, lo percibí entre los pliegues de la humillación de todos los pisoteados, lo canté reflejado en la forma que tienen los sencillos de entender las cosas del reino. Pero a medida que fui cumpliendo su voluntad, entendí que el rostro del Padre yo era, y que quien se detuviera a mirarme con ojos limpios se encontraría con él.
Ahora mi pan está partido y entregado, y mi rostro está desfigurado. ¡Cómo descubrirán en él el rostro luminoso, creador de mi Padre!
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