Cuando vayamos a adorar y besar la Cruz esta tarde, te propongo esta reflexión de Javier Garrido:
¡Qué capacidad tenemos los humanos para pervertir las cosas! Hemos hecho del escándalo de la Cruz un símbolo de violencia (la espada y la Cruz), un recuerdo placentero (piedad formalista), algo inofensivo y domesticado e, incluso, un adorno de nuestras escuelas y hogares. Al principio del cristianismo fue la principal dificultad para ser cristiano (escándalo para los judíos, locura para los paganos: 1 Cor 1-2).
Nosotros la hemos transformado en timbre de gloria.
¿No decía acaso Pablo (cf. Gál 6,11-18) que sólo debíamos gloriamos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo? Pero la gloria de que habla Pablo nace del realismo del escándalo de la Cruz, del milagro que es creer en el Mesías Crucificado y constatar:
la presencia del Amor Salvador;
la omnipotencia de Dios en la debilidad;
la sabiduría de las Bienaventuranzas como dinámica de transformación del mundo;
que todo adquiere sentido, hasta la muerte injusta del inocente;
que nada está perdido, que Dios mismo sale garante de los perdedores;
que el amor es la única victoria sobre las fuerzas del mal;
que servir es reinar.
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